Estudios y exposiciones individuales y colectivas

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obra En 1970 la aportación de Ignacio García Ergüin reflejó dos cuadros para el recuerdo: El túnel y Atalaya (Mundaca). Estamos hablando de las fiestas de Bermeo, que ya contaron con la participación del artista por medio de una carta recibida en el mes de agosto del año anterior, debido al interés del pintor en las gentes, escenarios, paisajes y mundo de la pesca desde sus inicios en la localidad de Bermeo. En el catálogo que hemos tenido acceso, la colaboración en la XXI Exposición contó con artistas de la primera escena: J. Aranoa, C. Párraga, J. Ormaetxea, E. A. Zubia, C. E. Gil, J. Arocena, A. Bilbao, P. Sáez, J. R. Galdona, G. Barrena, A. S. Largacha, J. L. Latorre, J. Jaureguizar, A. J. Jaureguizar, P. M. Laspiur, J. L. Pérez Díez, J. M. Lizundia, L. Soriano Quirós, J. Aróstegui, I. Arriola, V. Amparan, J. Ferrer Carbonell, J. R. Luzuriaga, A. Duque, R. Barreiro, J. Aróstegui y J. R. Uriarte. Sus obras, que fueron exhibidas desde el 8 al 16 de septiembre de 1970, fueron una continuidad a una serie de eventos que ya estaban en la agenda de una localidad que siempre ha contado con el interés de apoyar la cultura por medio del arte. Los dos cuadros de García Ergüin, que fueron vendidos años atrás, forman parte de una extraordinaria aportación a una exposición colectiva con las primeras espadas del panorama vasco de la época.

“No existe ni figurativo ni abstracto, sino buena o mala pintura”

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Con la frase “decorado por vizcaínos y guipuzcoanos, el buque turístico Izarra vendrá al puerto de Bilbao para recibir los últimos retoques”, García Ergüin, en palabras de Adolfo Echevarría, “iluminará” el salón de baile

“No existe ni figurativo ni abstracto, sino buena o mala pintura”

A mediados de los sesenta, se proyectó otra posibilidad de llegar al gran público, por medio de la participación directa en la elaboración de la decoración y pintura del Cabo Izarra, uno de los grandes buques de la época, como quedó constatado por las distintas fuentes de información consultadas. Además, después del éxito de la Exposición en la Sala Grises, así como la repetición en la Sala Goya del Círculo de Bellas Artes, la aparición de Toledo, y la primera estancia en Saint Paul de Vence, colocan al artista vizcaíno es la escena y en el recibimiento de los primeros elogios en medios de comunicación. A ese tanto, la figura de Adolfo Echevarría, que se quiso sumar a dejar una serie de buenas palabras, observamos la aparición de “una serie de paisajes toledanos de seis por dos metros, además de diez pinturas sobre temas distintos que armonizarán perfectamente con el complemento de la sala”. El Pueblo Vasco, el 3 de diciembre de 1966, ya se adelantaba a una inauguración oficial en la que participaron artistas vizcaínos (Largacha y Ergüin) y guipuzcoanos (Goicoechea), los que dejaron una señal de su arte pictórico, y una referencia como primeros espadas gracias a su consolidación en el ámbito nacional e internacional.